2º domingo de cuaresma - ciclo B

PASCUA: ALIANZA Y LIBERACION



1. Todos los pueblos tienen sus días de fiesta, para conmemorar su liberación, su independencia o cualquier otro suceso de su historia.
Pero no todos los días de la vida de un pueblo son días de fiesta.
Nosotros, los cristianos, celebramos la Pascua todos los años. Es nuestra gran fiesta. Conmemora la resurrección de Jesús, motivo de nuestra esperanza. 
Nuestra fe cristiana, según San Pablo, se apoya en esta certeza que tenemos de la Resurrección.
Un día cada año decimos: “Hoy es Pascua: el día de alegría, de acción de gracias, de renovación”. Para la Iglesia, a lo largo del año, la Pascua es como la luz en la cual se baña toda su vida litúrgica, como el tesoro del que brotan todos los manantiales de la gracia. 
La vida cristiana está bajo el signo de la Pascua, es un misterio pascual.
Hay, ciertamente, unos días privilegiados para celebrar el misterio pascual, son los que preceden
al domingo de Resurrección: Pasión (o Domingo de Ramos), Jueves Santo, Viernes Santo...
Pero, siempre que se bautiza, siempre que se participa en una Misa, todos los domingos,
estamos celebrando también la Pascua
.
Para el cristiano, hoy es Pascua, porque hoy está participando en la salvación que se hará total y plena cuando se manifieste el Señor.
¿Por qué hacemos en la VIGILIA PASCUAL la renovación de nuestras promesas bautismales?
Porque en el bautismo somos “incorporados” a Jesús, empezamos a vivir nosotros la PASCUA de Jesús, es decir, su PASO de la muerte a la Vida, su triunfo sobre el pecado y la muerte...
Pero la fiesta de PASCUA existía desde mucho tiempo antes...

2. La Pascua tiene su origen muchos años antes de Moisés. Era una fiesta de pastores en la época
de la trashumancia (“trashumar”: pasar el ganado en el verano a las montañas y regresar de ellas
en el invierno)
El sentido primero de la palabra “Pascua”, que quiere decir “pasaje”, podría haber sido el de “trashumancia”.
Había que dejar en la primavera las regiones que se secaban para dirigirse con el rebaño hacia las montañas y los valles en busca de pastos verdes. Antes de partir, se tenía la costumbre de matar un cordero y rociar con su sangre los postes de las carpas para preservar al rebaño del Espíritu Malo,
portador de epidemias.
Durante la misma estación, los cultivadores de estos países de oriente juntaban las primeras gavillas de cebada. Y en esta oportunidad se realizaba la fiesta del “Pan Nuevo”, amasado con la harina de la nueva cosecha. Era un pan ácimo. es decir, sin la levadura de la vieja pasta de la cosecha anterior.
Las fiestas del “Primero de año”, del retorno de la primavera, eran fiestas llamadas “naturalistas” porque seguían el ciclo de la naturaleza.
Pero existían también las fiestas “históricas” que recordaban acontecimientos de la historia de un pueblo, de una nación. (Como nosotros, en Argentina, festejamos el 25de mayo o el 9 de julio).
Cuando tuvo lugar la salida de los israelitas de Egipto, estas fiestas de la primavera adquieren
un nuevo sentido. Eran fiestas naturalistas, pero ahora pasan a ser fiestas “históricas”.
El rito de la Sangre de Cordero, con la que se marca las puertas, recuerda cómo las casas de los hebreos fueron libradas del castigo mortal que cayó hasta sobre el mismo hijo del Faraón.
El rito del pan ácimo recuerda el acontecimiento de un pueblo que recobra su libertad e independencia, huyendo del país opresor con tal prisa que se lleva el pan consigo sin que haya tenido tiempo de fermentar.

Con el correr del tiempo los israelitas festejaron la Pascua de la siguiente manera: amasaban pan ácimo, inmolaban un cordero, marcaban las puertas con su sangre y lo comían durante una cena sagrada. Aun hoy día se practica esto. Las almas religiosas saben que, a través de esos ritos, se trata de renovar la Alianza con Dios en el fondo del corazón.
Con la venida de Jesús todos esos ritos adquieren una nueva significación: Jesús es el Mesías esperado, el Dios hecho hombre. Jesús será el “Verdadero Pan de Vida”, el "Verdadero Cordero Pascual” que salvará al pueblo de Dios con su sangre y hará la Alianza nueva y definitiva de la humanidad con Dios.


2º domingo de Cuaresma: Lecturas bíblicas

Tres montes: Moria, Tabor y Calvario. La liturgia de hoy presenta tres montes: Moria, Tabor y Calvario. Cada uno tiene su significado y contenido. La fe de Abrahán es puesta a prueba al sacrificar al hijo de la promesa en el monte Moria. Dios ve la obediencia del Patriarca y hace que un cordero sea sacrificado en vez de Isaac (1 Lect.). El otro monte es el Tabor. Jesús es transfigurado y el Padre exhorta a todos a escuchar la voz de su Hijo, que camina hacia la muerte (Ev.). No se menciona expresamente el monte del Calvario en el texto paulino, pero se habla de la muerte de Jesús. Por su muerte la humanidad se ha salvado (2 Lect.). 


LIBERAR LA FUERZA DEL EVANGELIO
El relato de la "Transfiguración de Jesús" fue desde el comienzo muy popular entre sus seguidores. La escena, recreada con diversos recursos de carácter simbólico, es grandiosa. Los evangelistas presentan a Jesús con el rostro resplandeciente mientras conversa con Moisés y Elías, que representan "la Ley y los Profetas", es decir, todo el "Antiguo Testamento". Los tres discípulos que lo han acompañado hasta la cumbre de la montaña quedan sobrecogidos. No saben qué pensar de todo aquello. El misterio que envuelve a Jesús es demasiado grande. Marcos dice que estaban asustados. Pedro reacciona con toda espontaneidad: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». No ha entendido nada. Por una parte, pone a Jesús en el mismo plano y al mismo nivel que a Elías y Moisés: a cada uno su tienda. Por otra parte, se sigue resistiendo a la dureza del camino de Jesús; lo quiere retener en la gloria del Tabor, lejos de la pasión y la cruz del Calvario. Dios mismo le va a corregir de manera solemne: «Éste es mi Hijo amado». No hay que confundirlo con nadie. «Escúchenlo a él», incluso cuando leshabla de un camino de cruz, que termina en resurrección.Sólo Jesús irradia luz. Todos los demás, profetas y maestros, teólogos y jerarcas, doctores y predicadores, tenemos el rostro apagado. No hemos de confundir a nadie con Jesús. Sólo él es el Hijo amado. Su Palabra es la única que hemos de escuchar. Las demás nos han de llevar a él.

El movimiento de Jesús nació escuchando su llamada. Su Palabra, recogida más tarde en cuatro pequeños escritos, fue engendrando nuevos seguidores. La Iglesia vive escuchando su Evangelio. Este mensaje de Jesús, encuentra hoy muchos obstáculos para llegar hasta los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Al abandonar la práctica religiosa, muchos han dejado de escucharlo para siempre. Ya no oirán hablar de Jesús si no es de forma casual o distraída. Tampoco quienes se acercan a las comunidades cristianas pueden apreciar fácilmente la Palabra de Jesús. Su mensaje se pierde entre otras prácticas, costumbres y doctrinas. Es difícil captar su importancia decisiva. La fuerza liberadora de su Evangelio queda a veces bloqueada por lenguajes y comentarios ajenos a su espíritu. Sin embargo, también hoy, lo único decisivo que podemos ofrecer los cristianos a la sociedad moderna es la Buena Noticia proclamada por Jesús, y su proyecto de una vida más sana y digna. No podemos seguir reteniendo la fuerza humanizadora de su Evangelio. Hemos de hacer que corra limpia, viva y abundante por nuestras comunidades. Que llegue hasta los hogares, que la puedan conocer quienes buscan un sentido nuevo a sus vidas, que la puedan escuchar quienes viven sin esperanza. Hemos de aprender a leer juntos el Evangelio. Familiarizarnos con los relatos evangélicos. Ponernos en contacto directo e inmediato con la Buena Noticia de Jesús. En esto hemos de gastar las energías. De aquí empezará la renovación que necesita hoy la Iglesia. Hemos de descubrir la atracción que tiene Jesús, el Hijo amado de Dios, para quienes buscan verdad y vida.

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