Corpus Christi - ciclo B


Somos el Cuerpo de Cristo Ficha 34 PADRES NIÑOS


1. Acabamos de celebrar la fiesta de Pentecostés. Jesús está siempre presente
con nosotros, por medio de su Espíritu. Los primeros cristianos lo entendieron bien,
por eso “acudían frecuentemente a la enseñanza de los apóstoles, vivían unidos, oraban...
y hacían la FRACCION DEL PAN”. Así llamaban ellos a la MISA.
Porque Jesús había dicho en la Ultima Cena: “Hagan siempre esto en memoria mía”.
  En cada Misa, celebramos la Pascua de Jesús y renovamos nuestra alianza de amor con el Padre Dios. Unidos a Jesús, formamos su CUERPO VISIBLE EN LA TIERRA.
          Escuchemos lo que nos dice San Pablo: I Cor. 12,12-19
Para celebrar el banquete eucarístico como signo, como expresión, como gesto de amor fraterno entre si, y con el Señor Jesús.
  • Para celebrar la muerte y resurrección del Señor, que nos salva
    y nos da VIDA NUEVA.
  • Para ofrecer juntos, como Familia de Dios, el Cuerpo y la Sangre
    (=la Persona...) de Cristo y ofrecerle también nuestra vida.
  • Para alimentarnos con el Cuerpo y la Sangre del Señor.
  • Para escuchar la Palabra de Dios y dar gracias al Padre
    por la salvación realizada en la Pascua de Cristo, el Señor.
2. Todos los bautizados estamos unidos a Cristo, como los miembros de un cuerpo a su cabeza. Somos hermanos entre nosotros, y así formamos la FAMILIA DE DIOS EN LA IGLESIA.

A todos los bautizados nos envía a PROCLAMAR EL EVANGELIO, el NUEVO MODO DE VIVIR que El nos enseñó para nuestra felicidad. En la Iglesia, aprendemos a VIVIR EN COMUNIDAD, 

a ser SOLIDARIOS, ayudándonos los unos a los otros; a CONOCER más a JESUS y su Evangelio;
y RECIBIMOS LA FUERZA DEL ESPÍRITU DE JESUS EN LOS SACRAMENTOS, sobre todo cada vez que nos reunimos para celebrar la Eucaristía.

(¡Es la gran ACCION DE GRACIAS por todo el amor que nos dio el Padre en su Hijo Jesús!).

3. Los SIGNOS del Cuerpo de Cristo
                                                                   En cada Misa, ofrecemos y consagramos el PAN y el VINO para que sean signos visibles de la presencia real y verdadera del Señor. Por eso, una vez al año,
en todas las ciudades se hace la gran PROCESION DEL CORPUS CHRISTI (Cuerpo de Cristo), como SIGNO de nuestro deseo de que Jesús sea PAN DE VIDA para todas las familias en todos los barrios...



Jesús nos dijo que está presente de una manera especial  en los más pobres y necesitados... Como SIGNO de nuestra solidaridad y caridad fraterna hacemos cada año las colectas de CARITAS (en junio) y MAS POR MENOS (en setiembre).



Cada comunidad que se reúne para celebrar la Eucaristía es también presencia del Señor...por eso queremos que en todos los barrios haya lugares (que llamamos templos o capillas) para encontrarnos y ser SIGNOS DE JESUS... Los llamamos también “iglesias”, porque allí se reúne LA IGLESIA que somos nosotros.


Para profundizar y gustar más el "Misterio" (SACRAMENTO) de Jesús...

Jn 6, 51-58

La eucaristía es una realidad muy profunda y compleja, que forma parte de la más antigua tradición. Tal vez sea la realidad cristiana más compleja y difícil de comprender y de explicar. Podríamos considerarla como acción de gracias (eucaristía), Sacrificio, Presencia,Recuerdo (anamnesis), alimento, fiesta, unidad.

Tiene tantos aspectos que es imposible abarcarlos todos en una homilía. Podemos quedarnos en la superficialidad del rito y perder así su verdadera riqueza. Lo que vamos a hacer es intentar superar muchas visiones raquíticas o erróneas sobre este sacramento.

1º.- La eucaristía no es magia. Claro que ningún cristiano aceptaría que al celebrar una eucaristía estamos haciendo magia. Pero si leemos la definición de magia de cualquier diccionario, descubriremos que le viene como anillo al dedo a lo que la inmensa mayoría de los cristianos pensamos de la eucaristía: Una persona revestida con ropajes especiales einvestida de poderes divinos, realizando unos gestos y pronunciando unas palabras "mágicas", obliga a Dios a producir un cambio sustancial en una realidad material como es el pan y el vino. Cuando se piensa y se dice, que en la consagración se produce un milagro, estamos hablando de magia.

2º.- No debemos confundir la eucaristía con la comunión. La comunión es solo la última parte del rito y tiene que estar siempre referida a la celebración de una eucaristía. Tanto la eucaristía sin comunión, como la comunión sin referencia a la eucaristía dejan al sacramento incompleto. Ir a misa y dejar de comulgar, es sencillamente un absurdo. Ir a misa con el único fin de comulgar, sin ninguna referencia a lo que significa el sacramento, sino buscando una religiosidad intimista, es un autoengaño. Esta distinción entre eucaristía y comunión explica la diferencia de lenguaje entre los sinópticos en la cena y Juan en el discurso del pan de vida que hemos leído. Juan hace referencia al alimento, pero fíjate bien, alimentarse lo identifica con, el que cree en mí, el que viene a mí.

3º.- En las palabras de la consagración, "cuerpo" no significa cuerpo; "sangre" no significa sangre. No se trata del sacramento de la carne y de la sangre físicas de Cristo. En la antropología judía, el hombre es una unidad indivisible, pero podemos descubrir en él cuatro aspectos: Hombre-carne, hombre-cuerpo, hombre-alma, hombre-espíritu. Hombre-cuerpo era el ser humano en cuanto sujeto de relaciones. Cuando Jesús dice: "esto es mi cuerpo", está diciendo: esto soy yo, esto es mi persona, estoy aquí para dejarme comer. Para los judíos la sangre era la vida. No era símbolo de la vida, como lo es para nosotros. No, era la vida misma. Cuando Jesús dice: "esto es mi sangre, que se derrama", está diciendo que toda su vida, no solo su muerte, está entregada a los demás.

4º.- La eucaristía no la celebra el sacerdote, sino la comunidad. El cura puede decir misa. Solo la comunidad puede hacer presente el don de sí mismo que Jesús significó en la última cena y que es lo que significa el sacramento. Es el sacramento del amor. No puede haber signo de amor en ausencia del otro. Por eso dice Mateo: "donde dos o más estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos". El clericalismo que otorga a los sacerdotes un poder divino para hacer un milagro, no tiene ningún apoyo en la Escritura.

5º.- La comunión no es un premio para los buenos "que están en gracia", sino un remedio para los desgraciados que necesitamos descubrir el amor gratuito de Dios. Solo si me siento pecador estoy necesitado de celebrar el sacramento. Cuando más necesitamos el signo del amor de Dios es cuando nos sentimos separados de Él. Hemos llegado al absurdo de dejar de comulgar cuando más lo necesitábamos.

6º.- La realidad significada en el pan y el vino no es Jesús en sí mismo, sino Jesús como don. El don de sí mismo que ha manifestado durante toda su vida y que le ha llevado a su plenitud, identificándole con el Padre. Ese es el verdadero significado que yo tengo que hacer mío. Queda claro que la eucaristía no es un producto más de consumo que me proporciona seguridades a cambio de nada. Podemos oír misa sin que eso nos obligue a nada, pero no se puede celebrar la eucaristía impunemente. No se puede salir de misa lo mismo que se entró, es decir, como si no hubiera pasado nada. Si la celebración no cambia mi vida en nada, es que la he reducido a simple rito folclórico.

7º.- Haced esto, no se refiere a que perpetuemos un acto de culto. Jesús no dio importancia al culto. Jesús quiso decir que recordáramos el significado de lo que acababa de hacer. Esto soy yo que me parto y me reparto, que me dejo comer. Haced también vosotros esto. Entregad la propia vida a los demás como he hecho yo.

8ª.- los signos de la eucaristía no son el pan y el vino sino el pan partido y el vino derramado. Durante siglos, se llamó a la eucaristía "la fracción del pan". No se trata del pan como cosa, sino del gesto de partir y comer. Al partirse y dejarse comer, Jesús está haciendo presente a Dios, porque Dios es don infinito, entrega total a todos y siempre. Esto tenéis que ser vosotros. Si queréis ser cristianos tenéis que partiros, repartiros, dejaros comer, triturar, asimilar, desaparecer en beneficio de los demás. Una comunión sin este compromiso es una farsa, un garabato, como todo signo que no signifique nada.

Todavía es más tajante el signo del vino. Cuando Jesús dice: esto es mi sangre, está diciendo esto es mi vida que se está derramando, consumiendo, en beneficio de todos. Eso que los judíos tenían por la cosa más horrorosa, apropiarse de la vida (la sangre) de otro, eso es lo que pretende Jesús. Tenéis que hacer vuestra, mi propia vida. Tenéis que vivir la misma vida que yo vivo. Nuestra vida sólo será cristiana si se derrama, si se consume, en beneficio de los demás.

Celebrar la Eucaristía es confesar que ser cristiano es ser para los demás. Todas las estructuras que están basadas en el interés personal o de grupo, no son cristianas. Una celebración de la Eucaristía compatible con nuestros egoísmos, con nuestro desprecio por los demás, con nuestros odios y rivalidades, con nuestros complejos de superioridad, sean personales o grupales, no tiene nada que ver con lo que Jesús quiso expresar en la última cena. Celebrar la eucaristía es comprometerse a ser fermento de unidad, de amor, de paz.

La eucaristía es un sacramento. Y los sacramentos ni son milagros ni son magia. El concilio de Trento dice: "Es común a la santísima Eucaristía con los demás Sacramentos, ser símboloo significación de una cosa sagrada". Se produce un sacramento cuando el signo (una realidad que entra por los sentidos) está conectado con una realidad trascendente que no podemos ver ni oír ni tocar. Esa realidad significada, es lo que nos debe interesar. La hacemos presente por medio del signo. No se puede hacer presente de otra manera. Pero las realidades trascendentes, ni se crean ni se destruyen; ni se traen ni se llevan; ni se ponen ni se quitan. Están siempre ahí. Son inmutables y eternas.

La eucaristía concentra todo el mensaje de Jesús. El ser humano no tiene que liberar o salvar su "ego", a partir de ejercicios de piedad sino liberarse del "ego" que es precisamente lo contrarío. Solo cuando hayamos descubierto nuestro verdadero ser, descubriremos la falsedad de nuestro yo individual y egoísta que se cree independiente del resto de la creación. Estamos hablando del sacramento del amor, del sacramento de la unidad. Si la celebración de la eucaristía no nos lleva a esa unidad, es falsa.

 Meditación-contemplación

El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.

No se trata sólo de comer, sino de asimilar lo comido.

Si como sin asimilar, se producirá indigestión.

Si comulgo y no me identifico con lo que ES Cristo, me engaño.

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Si no llego a lo significado, no hay sacramento que valga.

Si me quedo en el signo, no hay contenido espiritual.

Realizado el signo, que entra por los sentidos,

queda por hacer lo importante: descubrir y vivir lo significado.

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Jesús dijo con toda claridad: "El que viene a mí, no pasará hambre,

el que me presta su adhesión nunca pasará sed".

La verdadera comunión no está en el signo

sino en vivir la unidad con Dios y con los demás, como hizo él.

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Fray Marcos


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